La guardaba para una ocasión especial.

¡Hey Hey Hey! Qué pasa amigos…

Mira. Te voy a confesar una tontería de la que no estoy muy orgulloso.

Hace años me regalaron una botella de vino buena. De esas con la etiqueta seria, que impone un poco.

Y pensé lo de siempre: "esta no la abro en una cena cualquiera. Esta la guardo para una ocasión especial de verdad".

Así que la dejé de pie en el armario de la cocina, esperando su momento.

Y ahí se quedó.

Años.

Cada Navidad la miraba y pensaba "todavía no, ya saldrá algo mejor". Cada cumpleaños, lo mismo. Siempre aparecía una excusa para dejarla un poquito más. Para una ocasión todavía más a la altura.

Hasta que llegó. La de verdad. Nuestro décimo aniversario de boda.

Diez años casados. Esa sí se lo merecía.

Cena en casa con todos sus preparativos. Los dos tranquilos.

Y ahí que me fui ilusionado a por la botella.

Saqué el sacacorchos muy ceremonioso yo, como quien va a descorchar algo importante de verdad.

Descorché despacio. Acerqué la nariz.

Y aquello olía a vinagre.

A vinagre.

Se había picado. Años de pie en un armario que da justo al lado del horno no perdonan. Mientras yo esperaba la ocasión perfecta, la botella se había estropeado sola. En silencio.

Nos reímos los dos. Abrimos otra cualquiera y la cena siguió siendo redonda.

Pero a mí se me quedó una espinita.

Y me dio mucho coraje y me cabreé un poco.

Porque somos así…con las cosas importantes hacemos siempre exactamente lo mismo.

Esperamos el momento perfecto para empezar a cuidarnos. Cuando pase esta racha. Cuando se calme el trabajo. Cuando vuelva del viaje. Cuando se ordene un poco todo.

Lo sé bien, porque casi todos los que acaban empezando conmigo me dicen lo mismo antes de arrancar.

Que ahora lo tienen fatal. Reuniones, viajes, mil cosas, cero tiempo. Que igual un poco más adelante.

Y yo les digo lo que te voy a decir a ti, con todo el cariño del mundo.

Que ese "más adelante" es la botella del armario.

Porque la vida no se va a calmar. Esto no es una mala racha que vaya a pasar. Esto es la vida. Siempre va a haber reuniones, semanas imposibles y viajes que se cruzan. Esperar a que pare es esperar a que no llegue nunca.

Por eso es justo ahora. No a pesar del lío. Sino por el lío.

Y mientras tanto pasan los meses. Y los años. Uno no se hace más joven esperando la semana tranquila. El cuerpo, callado, va tomando nota de cada "más adelante". Y un día te lo cobra de golpe.

Lo que yo hago no está pensado para tu mejor versión con la agenda vacía.

Está pensado para esta. La de las reuniones y el poco tiempo.

Me pongo a tu lado y montamos algo que aguante la semana que de verdad tienes, no la ideal. El día que se tuerce, que se va a torcer, lo recolocamos y seguimos, en vez de tirarlo todo por la borda y volver a la casilla de salida.

Sin gimnasio, con lo que tengas en casa, desde donde estés hoy.

Porque el problema nunca fue tu falta de tiempo. Fue intentarlo solo, con un plan que solo servía para la semana perfecta.

Ahora mismo no tengo huecos.

Pero en nada abro algunas plazas. Pocas, porque trabajo con poca gente a la vez. Es la única forma de hacer esto bien.

Si te interesa, respóndeme a este correo con la palabra SALUD.

Te apunto, eres de los primeros a los que aviso, me cuentas tu caso y vemos juntos si puedo echarte una mano. Y si veo que no es tu momento, también te lo digo.

Pero no dejes que a tu salud le pase como a mi botella.

Todavía estás a tiempo de envejecer como un buen vino. Pero hay que descorcharlo en su momento, no cuando ya está picado.

Nos leemos de nuevo el domingo.

Un abrazo.

Hugo.